Las cartas de intención

 

Lic. José Luis Mora Alba

2015

 

La globalización no sólo se refleja en la apertura comercial que se ha dado entre países, sino que también se refleja en los medios de comunicación, cuyos avances hoy en día nos brindan la posibilidad de contactar a personas que se encuentran en el extremo opuesto del globo terráqueo de manera relativamente sencilla, lo que ha propiciado una apertura cultural que permite a las personas tener mayor acercamiento a los usos y costumbres de distintas regiones del mundo, por más alejados que se encuentren.


Asimismo, la globalización de los medios de comunicación ha agilizado mucho más la realización de negocios y la comercialización de productos y servicios, de tal suerte que en cuestión de horas es factible que un cargamento de mercancías proveniente de China llegue a Inglaterra, o bien, que un analista financiero de Nueva York aconseje a empresas europeas sobre cómo llevar a cabo sus inversiones en los diferentes mercados bursátiles.


Esta nueva dinámica vertiginosa en los negocios exige que los abogados que asesoran a sus clientes, principalmente en temas comerciales y mercantiles, se envuelvan en la misma y tengan como cualidades: (i) una apertura a nuevas ideas y nuevos esquemas de negocio; (ii) creatividad para adaptar las estructuras de negocio propuestas por los clientes extranjeros conforme a la legislación que rige en una nación distinta, o en su caso diseñar nuevas estructuras jurídicas en un tiempo breve que cumplan tanto con los requisitos de los clientes como con los requisitos de la legislación de que se trate; y (iii)  ser ágiles en la adaptación, diseño y elaboración de las estructuras jurídicas, buscando siempre reducir los riesgos jurídicos y no restarle celeridad al negocio.


Como resultado de esta apertura, en México hemos tenido una “invasión” de nuevas figuras jurídicas, las cuales en su gran mayoría siguen siendo atípicas, sin embargo hay un cierto número de estas figuras jurídicas que se encuentran reglamentadas en nuestros ordenamientos. Es común confundir estas figuras ya existentes con figuras atípicas, ya que además suelen tener un nombre distinto y su reglamentación en el extranjero también puede ser algo distinta a la nacional, lo que suele provocar que caigamos en el error de creerlas no reguladas cuando en realidad si lo están. Tal es el caso de la famosa Carta de Intención, o “letter of intent”, la cual es muy común en el derecho del common law. Sin embargo, si analizamos con detenimiento esta figura podremos encontrar lo siguiente:
La Carta de Intención refleja el deseo de una o más partes de celebrar o bien negociar los términos y condiciones de un contrato futuro.

 

Como se desprende de lo anterior, las Cartas de Intención pueden ser unilaterales, o bilaterales. En el primer caso se requiere el posterior consentimiento de la otra parte para que surta efectos.

 

Un vez que la Carta de Intención surte efectos, obliga a las partes ya sea a celebrar un contrato posterior bajo ciertos términos y condiciones pre-acordados y establecidos en la misma Carta de Intención, o bien, a negociar los términos de un contrato para su celebración futura.


Normalmente las Cartas de Intención buscan que dos o más partes celebren un contrato futuro, bajo un parámetro de términos y condiciones previamente acordados. Sin embargo, en algunas ocasiones, especialmente cuando hay términos y condiciones que no se encuentran debidamente acordados, la Carta de Intención pretende sentar en la mesa de negociaciones a las partes para alcanzar un acuerdo sobre algún negocio en particular. Este documento toma relevancia sobre todo cuando en la misma Carta de Intención se establece la obligación de las partes de no negociar y de no asociarse con terceros en asuntos similares a los estipulados en dicho documento, durante un cierto tiempo, el cual normalmente corresponde al tiempo que durarán las negociaciones entre ambas partes.
Como resultado de lo anterior podemos observar que la Carta de Intención obliga principalmente a las partes a un hacer y en ocasiones a un no hacer. Las obligaciones de hacer consisten en celebrar un contrato futuro y/o en negociar sus términos y condiciones, mientras que las obligaciones de no hacer consistirán principalmente en no negociar ni asociarse con terceros, durante un cierto tiempo, en la realización de actividades similares a las que las partes pretenden realizar. 

 

Cabe destacar que bajo ningún motivo la Carta de Intención deberá obligará a las partes a dar contraprestación alguna por algún servicio o bien. Las partes podrán solicitar alguna “garantía de  seriedad”, pero dicha garantía no es en sí una contraprestación, simplemente es un medio por el cual se intentará asegurar en la medida de lo posible que la parte que otorga la misma cumpla sus obligaciones de hacer y/o de no hacer.

 

Una vez enunciadas las características anteriores, podemos encontrar que las mismas tienen su fundamento en los artículos 2243 al 2247 del Código Civil Federal y del Código Civil para el Distrito Federal (y sus correlativos en los Códigos Civiles de las entidades estatales que conforman la República Mexicana), artículos que regulan el contrato de promesa.
De lo anterior se desprende que la naturaleza jurídica de las Cartas de Intención es la del contrato de promesa, lo cual no deja lugar a duda que las primeras son sinónimos de los segundos, sin embargo, es frecuente que dichos actos se confundan con figuras jurídicas distintas.


Es por ello que se debe tener mucho cuidado en la elaboración de las Cartas de Intención y prestar especial atención en las formalidades que se deben seguir conforme a lo establecido en los ordenamientos antes señalados, las cuales son:
- Constar por escrito.

- Contener los elementos característicos del contrato definitivo.
- Limitarse a cierto tiempo.  


De las formalidades antes señaladas, se debe prestar especial atención y cuidado a la segunda, ya que al tratar de establecer en la Carta de Intención los elementos característicos del contrato definitivo, éstos pueden quedar plasmados de manera tal que se podría desprender de forma indubitable de que la voluntad de las partes no es precisamente la celebración de un contrato futuro, sino que esta consiste en la transmisión de un bien o en la prestación de un servicio a cambio de una contraprestación determinada, por lo que la naturaleza de dicha Carta de Intención pudiera verse desvirtuada, volviéndose en un contrato que vincule a las partes a darse contraprestaciones recíprocas en vez de obligarlas a un hacer (la celebración de un acto jurídico posterior).


En otras palabras, todos aquellos contratos denominados de promesa de venta, en los que no se contiene exclusivamente una obligación de hacer (es decir la celebración de un contrato futuro), sino que también contemplan la obligación de entregar una cosa y la obligación de pagar un precio determinado por ella, satisfacen los elementos jurídicos necesarios para la existencia de la compraventa, independientemente de la terminología utilizada. 


Como ya se ha dicho, el objeto principal de todo contrato de promesa consiste en la celebración de un contrato futuro que perfeccionará dicha promesa y vinculará finalmente a las partes a obligaciones recíprocas de dar. Este contrato subsecuente exigirá la existencia de un nuevo consentimiento de las partes, el cual no se debe entender emitido anteriormente en el contrato de promesa. Dicho de otra forma, cuando de un contrato  mal llamado de promesa se desprende inequívocamente que la voluntad de las partes consiste en dar contraprestaciones recíprocas y que la celebración de un contrato subsecuente únicamente reiterará el consentimiento ya otorgado en el contrato anterior, se está ante una serie de actos jurídicos que vincula a las partes desde la celebración del primero de ellos, siendo el o los siguientes contratos meros refrendos de la voluntad ya otorgada. 


Este criterio lo encontramos en las siguientes tesis aisladas:
[TA]; 7a. Época; 3a. Sala; S.J.F.; Volumen 175-180, Cuarta Parte; Pág. 58.
[TA]; 5a. Época; 3a. Sala; S.J.F.; Tomo XC; Pág. 2443.
[TA]; 5a. Época; 3a. Sala; S.J.F.; Tomo LIII; Pág. 473.
[TA]; 7a. Época; 3a. Sala; S.J.F.; Volumen 47, Cuarta Parte; Pág. 71
[TA]; 5a. Época; 3a. Sala; S.J.F.; Tomo XLIII; Pág. 2530.


En conclusión, debemos prestar mucha atención a la elaboración de las Cartas de Intención de forma tal que se cubran las formalidades señaladas en los artículos 2243 al 2247 del Código Civil Federal y del Código Civil para el Distrito Federal (y sus correlativos en los Códigos Civiles de las entidades estatales que conforman la República Mexicana), y en especial debemos tener especial cuidado en las obligaciones que la misma contiene, las cuales deben en todo momento ser obligaciones de hacer, consistentes en celebrar un acto jurídico futuro, señalando los elementos característicos del contrato definitivo, sin que con ello se interprete que la voluntad de las partes es dar una cosa a cambio de un precio cierto, lo cual pudiera llegar a vincular a dichas partes bajo un contrato de compraventa, desvirtuando el fin o el objetivo que éstas buscaban inicialmente.
 

 

 

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